Siempre he pensado que el ser humano existe en tres planos simultáneamente.
En el primero está el cuerpo físico, el que nace para morir y reciclarse con la tierra. Es el plano tangible, el que habitamos de forma inevitable y finita.
En el segundo está la energía, aquello que nos une a todo; para algunos, incluso, la llaman alma. Es un plano menos visible, pero profundamente sentido, donde lo individual se conecta con lo universal.
Y en el tercero está la conciencia. Ahí viven los sueños, la imaginación y el miedo a la muerte. Es el espacio interno donde interpretamos la realidad y le damos significado a nuestra existencia.
Internet surgió en los años sesenta para uso militar; en los ochenta se consolidó para uso general, pero fue hasta los noventa cuando apareció la primera red social.
Así, el tercer plano encontró una extensión: primero como herramienta de comunicación y luego como un espacio digital donde socializamos, compartimos y registramos nuestra existencia.
Hoy, las nuevas generaciones nacen condicionadas: aprenden en Internet, juegan y socializan digitalmente. Existe una versión de nosotros que selecciona lo que comparte, expone secretos, promociona, vende y ofrece servicios en línea. En esta sociedad digital habita nuestra conciencia.
«Encontramos en las redes sociales esa aprobación que antes solo se hallaba en la religión, y así fue como Internet mató a Dios».
Ahí validamos nuestra existencia, incentivamos el sentido de pertenencia y estimulamos nuestro ego.
Hoy vivimos en una realidad dividida: una gran parte de la humanidad habita Internet, donde trabaja, convive y socializa; y la otra, cada vez menor, permanece en la realidad física, limitada únicamente por su acceso a la red.
