La Inclusión Intolerante

En la era de la hiperconectividad, la censura ya no siempre proviene del poder: también nace del consenso. Una reflexión sobre cómo Internet transformó la libertad de expresión y cómo la búsqueda de inclusión puede convertirse, paradójicamente, en una nueva forma de intolerancia.

Había una vez, hace mucho tiempo, una sociedad reprimida por su gobierno, su moral, sus costumbres, su ignorancia, su corrupción e incluso por su religión. En aquella época, había que cuidar lo que se decía. Bien podían despedirte, golpearte o incluso matarte solo por expresar algo “inapropiado”.

El gobierno utilizaba los medios de comunicación como voceros de su propaganda y censura. Se vetaba a bandas o artistas que se atrevían a alzar la voz, y el arte urbano se convirtió en uno de los pocos medios de expresión sin censura.

Conforme creció la accesibilidad a Internet, la situación cambió de manera exponencial. Surgió una “revolución moral”, impulsada en gran parte por las redes sociales, que abrió paso a medios alternativos, discursos yuxtapuestos a los tradicionales y formas de censura autoimpuesta.

Así fue como todo comenzó. Primero llegaron los videos de borrachos “graciosos”, los creadores de contenido, los memes, los pódcast y los blogs. Estos últimos, aunque fueron de los primeros medios de difusión en Internet, eran menospreciados por el esfuerzo que implicaba leerlos.

Con la nueva ola de contenidos e “influencers”, los blogs se volvieron clave para que las marcas fortalecieran su presencia en línea.

Podíamos comunicarnos a gran escala, organizarnos para impulsar cambios significativos, apoyar en desastres, compartir noticias y emprender nuevos proyectos. Pero nada es para siempre.

El contenido “viral” que tanto nos atrae funciona precisamente por su simplicidad: es tan básico y superficial que hasta la persona con menor nivel educativo o capacidad de razonamiento puede entenderlo.

Y así fue como todo comenzó a degradarse. Pronto todos descubrieron que una opinión en masa tenía más fuerza que una voz independiente. Pero ¿realmente tenemos la capacidad moral e intelectual para juzgar? Y, más aún, ¿en masa?

Con frecuencia, el nivel de una discusión colectiva termina determinado por sus expresiones más simples. Solo basta mirar a nuestros gobernantes para comprobarlo.

Hoy vivimos en una sociedad autocensurada que, en su búsqueda de inclusión, excluye todo lo que va a contracorriente. Una sociedad que se fragmenta en subculturas, que patologiza comportamientos y busca validarlos; que victimiza a grupos vulnerables y agrede a quienes no están de acuerdo.

Internet se ha convertido en un teléfono descompuesto. Se puede compartir un movimiento o una propuesta política, económica o social con potencial para cambiar el mundo; pero, por nuestra propia naturaleza, suele terminar distorsionada o incomprendida. Se vuelve “tendencia” y nos lleva de la censura a la autocensura.

Axelo Mar

Axelógrafo Multidisciplinario Independiente

Sobre este artículo: Escribo desde una perspectiva personal. Algunas ideas parten de hechos documentados; otras son interpretaciones, cuestionamientos o ejercicios filosóficos. Mi intención no es establecer verdades absolutas, sino abrir un espacio para la reflexión y el diálogo. La responsabilidad de interpretar, verificar y contrastar la información corresponde al lector.